lunes, 23 de marzo de 2015

La noche en la que leí La historia Interminable

La historia interminable, de Michael Ende


Recuerdo perfectamente esa noche. Con todos sus detalles. A pesar de que no era una noche distinta a las demás, hay algo que la ha fijado en el tiempo. Tenía trece años. Y me había quedado en casa sola, con mi hermano, porque mis padres salían. Mi hermano se puso a ver una película y yo saqué de la maleta del colegio un libro que mis padres me habían regalado y una tableta de chocolate Nestlé. Desde entonces, cada vez que tomo chocolate con leche, su sabor aterciopelado me recuerda la magia de aquella noche. 


Cogió el libro y lo miró por todos lados. Las tapas eran de color cobre y brillaban al mover el libro. Al hojearlo por encima, vio que el texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían suavemente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título: 

La historia interminable

Si sois de los míos, de los que abristeis la puerta de Fantasía con Michael Ende, reconoceréis el estampado de unicornios y aves en color rojo y verde que arropaba la historia.Y el letrero al revés que iniciaba el capítulo en rojo con el que Bastián se metía en la librería del señor Koreander y en nuestras vidas sin pedir permiso. 
Si sois de los míos, sabréis que, en realidad, la historia no empieza ahí en ese librería, sino a muchos, muchos kilómetros de distancia, en el Bosque de Haule y a medianoche, con la reunión entre un fuego fatuo, un comerroca, un silfo nocturno y un diminutense alrededor de un fuego. 
Aquella noche, cuando mis padres volvieron, mi hermano ya estaba dormido hacía muchas horas. Pero mi luz continuaba encendida a pesar de que yo no estaba allí. Estaba atravesando un desierto de colores a lomos de Graógraman. Y le había dado un nombre a la Emperatriz Infantil. 
La vuelta a la realidad fue horriblemente cruda. 
–¿Qué haces a estas horas con la luz encendida? ¡Apágala inmediatamente! –me reprendieron. 
Yo apagué la luz a regañadientes. Y luego pensé, como había pensado Bastián: 
–¿Apagaría la luz Atreyu? 
Esperé a que mis padres se durmieran y entonces, me levanté silenciosamente a buscar una linterna que tenía en uno de los cajones de la mesa. Y seguí leyendo bajo las mantas. No me quedé ciega como Yor, el minero. Bebí de la Fuente del Agua de la Vida y prometí que, alguna vez, escribiría una historia con ese agua para que otros pudieran conocer su sabor. Y le di la mano a Bastián de regreso al mundo real que entró en forma de luz del alba por mi ventana. 
Aquella noche me leí La Historia Interminable entera. Aquella noche entré en Fantasía y volví. Uniendo mi historia a la de otros lectores a los que el libro enamorase. Y tomé la resolución de devolver la salud a ambos mundos.

Hay seres humanos que no pueden ir a Fantasía –dijo el señor Koreander– y los hay que pueden pero se quedan para siempre allí. Y luego hay algunos que van a Fantasía y regresan. Como tú. Y que devuelven la salud a ambos mundos. (...) 

Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión...



10 comentarios:

  1. Muy bonito, desobedeciendo a tus padres que solo quieren lo mejor para ti y bla, bla, bla. Pero ahora que han pasado los años, me veo también debajo de las mantas con otra linterna, también en mi adolescencia, presa de la magia. Los genes son los genes.

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    1. Jajajajajajaja, es lo que tiene envejecer, que puedes contar estas cosas sin temor a las represalias :D

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    2. Recuerdo cuando leí ese libro, era verano... pero a mi me encanta saborear las cosas que me gustan lentamente...soy capaz de que una tableta de chocolate me dure más de 15 días en mi despensa, ja,ja,ja.

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    3. La verdad es que no me di cuenta de que me la había zampado hasta que busqué un pedazo y ya no había nada. En fin...

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  2. Yo ni siquiera recuerdo la primera vez que lei el libro, y viendo tu entrada, hasta me da pena. Pero creo que una parte de mi nunca ha vuelto de Fantasía, igual que otra siempre estará anclada a Nunca Jamás ;)
    Un besazo!

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    1. Qué bonito tu comentario. Tienes razón. He ido dejando pedacitos de mí en Nunca Jamás, en Narnia, en Rivendel, en Hogwarths...

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  3. Soy de las tuyas, excepto porque la leí poco a poco jaja Tú todo lo haces al estilo de las películas, hasta leer libros bajo las sábanas con linterna. Mi lectura creo que fue sacada de la biblioteca y tenía las letras de colores, pero no recuerdo el estampado de unicornios y aves. Ahora tengo una edición sosa en negro sobre blanco =( Quizá debería buscar una de las buenas, porque La Historia Interminable no es lo mismo sin sus rojo y su verde. Qué recuerdos me has traído. ¡Un beso!

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  4. Yo sí me acuerdo. A mí me lo dio mi madre: "Te va a encantar", me dijo. Y acertó. Ella siempre acertaba con los libros que me recomendaba.

    Pegué la nariz al libro y no pude despegarla hasta que lo terminé y, cuando lo hice, la pregunta de siempre: "¿Me das otro como éste, mamá?" ;-)

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  5. Yo tengo una cuenta pendiente con "La historia interminable". Es mi película de cine preferida pero es uno de los libros que por pesado y aburrido, no he conseguido leer. (Ahora es cuando me echas de tu blog y me declaras persona non grata)
    Sin embargo, sí recuerdo el primer libro que me enamoró y fue algo así como "historias de una bruja buena". Es toooda una historia cómo conseguí el libro y como se me ha perdido varias veces y ha vuelto a mis manos.
    Lo que sí tenemos en común, es que tú con tu fuente de vida y yo con mis brujas, las dos prometimos estar vinculadas para siempre

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  6. Qué recuerdo tan bonito, Ana. Creo que los lectores de toda la vida te entendemos a la perfección y apreciamos esa sensación, ese recuerdo, que tan bien evocas. Con la tableta de chocolate y EL LIBRO, esa historia tan especial.
    Tengo una historia parecida de cuando tenía unos 18 años y estaba en la uni cursando periodismo. En la biblio de la facultad Eco era uno de los grandes porque, sobre todo en primero, le teníamos siempre en el aula con sus magníficas teorías sobre la comunicación y sus encantos de lingüísta impenitente (junto con Chomsky, Eco siempre ha sido mi semiólogo preferido). Bien, pues una tarde en la que me encontraba fatal, me salté la última clase y pasé por la biblio de la facultad. Pero en vez de llevarme a casa un libro de Eco sobre comunicación, me llevé una de sus novelas, "El nombre de la rosa". Empecé a leerla sin saber nada sobre ella, solo que era de Eco. Esa noche me subió la fiebre, tenía un gripazo tremendo. Pero bajo varias mantas, bebiendo leche caliente con miel y un chorrito de coñac, alternando con paracetamol y chocolate caliente, en una noche de tormenta, rayos y truenos, no fui capaz de dejar de leer. Se me olvidaron hasta los ojos llorosos, el dolor de cabeza y mi estado febril. Para siempre asocio esa noche de gripe y tormenta al nombre de la rosa.

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