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…pero ya sabéis que tengo algo parecido a la diarrea verbal y que cosa que me pasa, cosa que o utilizo para una novela o la cuento en el blog. Como aquella vez que me robaron un libro delante de mis narices o aquella otra en la que me escondí detrás de unas lectoras para no firmar un ejemplar. 

En el fondo de mi corazón, espero que me sigáis queriendo por lo que soy: un desastrito de escritora. Pero me diréis a qué viene esto. Viene a que trabajar en casa tiene muchas ventajas, pero también inconvenientes. Y es que para el resto del mundo, como estás en casa, no estás trabajando. 

Hoy, a mis enanos se les ha hecho tarde para ir al cole. Normalmente, van caminando porque el colegio está muy cerca de casa, pero como se les han pegado las sábanas no iban a llegar a tiempo. 
—Venga, mamá, llévanos tú, anda, que llegamos tarde —me pide mi hijo pequeño. 
Como he estado preparando el desayuno y demás, aún no me he vestido. Y estoy en pijama, con los pelos revueltos y la ojera al cuello. 
—Pero es que tengo que vestirme. 
Mis hijos resoplan, desesperados. 
—Si te vistes, no llegamos —dicen. 
Así que me dije que qué más daba, si no iba a tener que salir del coche. Me monté en el vehículo en pijama y zapatillas y me puse por encima una chaqueta de chándal para que no se me notaran las pintas. 
Los dejo en el colegio y me dirijo a toda prisa a mi casa para ducharme y empezar una jornada laboral llena de curro cuando —oh, cielos, Leoncio— veo que en la entrada a mi calle (vivo en un callejón sin salida y no metafóricamente hablando) hay un camión grúa del ayuntamiento y que la calle (y, por lo tanto, la entrada a mi garaje) está cortada. 
¿Sabéis esos sueños en los que sueñas que vas por la calle desnuda y todo el mundo te mira? Así me sentí yo en ese instante. «¡Tierra, trágame! ¿Qué demonios hago yo ahora?». 
Con una sonrisa perfecta, toco el claxon del coche. Se me acerca un operario con pinta de mosqueo. 
—Señora, estamos podando los árboles. Tendrá que aparcar el coche en esa calle de bajada y entrar a pie en casa. 
—No, verá, es que no lo entiende usted. 
—Es que no vamos a mover el camión ahora. 
Creo que una de las cosas por las que me gusta escribir fantasía es porque me encanta imaginarme que tengo superpoderes. Como, por ejemplo, el superpoder de comer sin engordar o el superpoder de decir como Obi Wan: “Vas a retirar el camión ahora mismo” y que mi interlocutor responda: “Voy a retirar el camión ahora mismo” sin rechistar. Pero, desgraciadamente, mis superpoderes son solo ficción, así que me vi explicándole al hombre: 
—Es que, lo siento, pero no puedo salir del coche. Voy en pijama y zapatillas. Es que los niños llegaban tarde al cole…
El operario me mira raro. Muy raro. Pero estoy acostumbrada a que me miren raro. Lo hacen cada vez que digo que me dedico a escribir Fantasía. Así que aguanto estoicamente su mirada. A lo mejor, sí que voy a tener un superpoder después de todo. 
Levanta una mano y le hace señas al tipo del camión para que lo saque de la calle y me deje pasar. ¡He ganado! ¡No puedo creerlo! Le doy las gracias con una sonrisa Signal y me escabullo a toda prisa al garaje. 
Estaréis de acuerdo en que no debería contarlo. ¿Dónde va a quedar mi imagen de escritora seria y formal después de esto? 

He inscrito el blog en los premios Boolino de literatura juvenil, ¿me ayudas con un voto?

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