Aprender a volar con las alas rotas

Hay libros que te remueven por dentro y te dejan con una sensación de incomodidad y otros que lo que te piden es que te sientes, te pidas un café y un trozo de tarta y desconectes. Yo soy más de los segundos. Aprender a volar con las alas rotas también: es una de esas historias que se lee con el cuerpo relajado y una sonrisa en los labios.

La historia nos lleva a La Colombaia, una librería-café en el corazón del Eixample barcelonés que funciona como refugio, paréntesis y lugar de reencuentro. Allí coinciden Elsa, Lili, Sylvana y Gabriela. Cuatro mujeres alrededor de los cincuenta. Cuatro vidas que, por distintos motivos, han tocado fondo. Cuatro formas de estar cansadas, heridas, en pausa… y, aun así, vivas. Muy vivas.

La novela es coral, y eso se nota desde el principio. Entrar en la historia puede costar un poco al inicio precisamente por la cantidad de personajes y de hilos narrativos que se despliegan. Es el único «pero» que le pondría a la lectura. Hay que darle unas cuantas páginas de confianza, dejar que el ruido inicial se ordene. Merece la pena. Cuando todo encaja, la historia fluye con naturalidad y ya no quieres salir de allí.

Cada una de las protagonistas carga con su propio duelo y su propia renuncia. Lili vive en piloto automático desde la muerte de su marido. Gabriela siente que ha fallado como madre y como mujer. Sylvana, aparentemente impecable, empieza a descubrir que el control no protege de nada. Elsa, la más silenciosa, va revelando su dolor a través de los correos que escribe a su hijo desde la distancia. Historias distintas que se rozan, se espejan y se sostienen sin necesidad de grandes gestos épicos.

Uno de los grandes aciertos del libro es el ambiente. La librería no es solo un escenario bonito (que lo es), sino un espacio simbólico donde las cosas pueden detenerse y recolocarse. Un club de lectura, conversaciones sin prisa, libros que sanan… El poder curativo de la lectura atraviesa toda la novela sin ponerse solemne. Y eso se agradece.

También he disfrutado muchísimo de las referencias literarias. He acabado marcándolas todas, algunas leídas (para releerlas), otras para engrosar (cómo no) la interminable lista de pendientes.

Y luego está algo que, para mí, es fundamental: la edad de las protagonistas. Mujeres alrededor de los cincuenta, con deseo, energía, miedo, dolor y ganas de empezar de nuevo. Qué necesarios son estos referentes en la literatura actual. Qué importante recordarnos —y que nos recuerden— que a los 50 no se acaba nada. Que no estamos rotas. Que, incluso con las alas tocadas, todavía se puede aprender a volar.

Es una novela feelgood, sí. Pero de las buenas. De las que no niegan el dolor (qué equivocados están los que piensan que en el feelgood no hay realidad tras los personajes), sino que lo miran de frente y lo atraviesan. Una lectura luminosa, humana y reconfortante, que no baja el ritmo y que deja con ganas de más.

Y por lo que ha contado la escritora —Lola Gulias— hay más.