Viajes con amigas, libertad y ganas de vivir: Lola Llatas nos habla de Las reinas de Asia y de mujeres que se atreven a cambiar de rumbo.
Los viajes con amigas tienen algo de fantasía adulta. No hablo solo de coger un avión, preparar una maleta o mandar un mensaje al grupo de WhatsApp con un «¿y si nos vamos?», frase que suele durar viva unos cuatro minutos antes de que aparezcan calendarios, maridos, hijos, madres mayores, perros, presupuestos, turnos de trabajo y esa lavadora que parece tener más poder que Hacienda.
Hablo de otra cosa.
Hablo de la posibilidad de salir de la vida cotidiana durante unos días y recordar quién eras antes de convertirte en la persona que organiza, resuelve, anticipa, cuida, compra, llama, acompaña, sostiene y, de paso, intenta no perder la cabeza.
En este episodio de «50 sombras de 50» entrevistamos a Lola Llatas alrededor de su novela Las reinas de Asia, una historia protagonizada por cuatro mujeres que rondan los setenta años y deciden embarcarse en un viaje por Tailandia, Bali e India. Dicho así, podría sonar a comedia viajera con paisajes exóticos, maletas perdidas y algún que otro susto digestivo, que seguro tampoco viene mal porque una novela sin un pequeño caos logístico no merece llamarse novela de viajes.
Pero Las reinas de Asia va bastante más allá.
Celia, Amparo, María y Andrea no viajan solo para ver mundo. Viajan para verse a sí mismas fuera del papel que llevan décadas interpretando. Son mujeres con cargas familiares, con historias largas, con achaques, con cansancio acumulado, con pagas que no siempre dan para demasiadas alegrías y con esa sensación tan reconocible de haber dedicado buena parte de la vida a los demás. Y, aun así, o precisamente por eso, deciden moverse.
Esa es la parte que más nos interesa en este episodio.
Porque quizá nuestra lectora de «50 sombras de 50» no tiene setenta años. Quizá está en los cincuenta, en esa década en la que una empieza a mirar la vida con una mezcla peligrosa de lucidez, cansancio y ganas de no seguir aplazándose. Quizá todavía tiene hijos en casa, o hijos que se han ido pero siguen necesitando atención emocional, logística y financiación encubierta. Quizá tiene padres mayores. Quizá trabaja demasiado. Quizá lleva años diciendo «ya descansaré» y ha descubierto, con cierto horror, que el descanso no llega solo: hay que reservarle habitación, ponerle fecha y defenderlo como si fuera una plaza de aparcamiento en agosto.
Por eso los viajes con amigas son mucho más que un plan bonito de verano.
Son una forma de decir: sigo aquí.
Sigo teniendo deseos. Sigo teniendo curiosidad. Sigo queriendo reírme hasta que me duela la tripa. Sigo pudiendo equivocarme, cambiar de opinión, descubrir algo nuevo, mirar otro paisaje y, quizá, mirarme de otra manera.
Con Lola Llatas hablamos de todo eso: de amistad femenina en la madurez, de cuerpos que cambian, de mujeres que se vuelven invisibles para la sociedad cuando dejan de ser jóvenes, de la culpa que aparece cada vez que una intenta ponerse en primer lugar y de esa frontera tan delicada entre cuidar a los demás y desaparecer dentro del cuidado.
También hablamos del verano, claro. Porque el verano tiene esa cosa tramposa de prometer descanso mientras muchas mujeres hacen exactamente lo mismo que durante el resto del año, pero con arena en los pies y una nevera portátil. Las vacaciones familiares pueden ser maravillosas, sí, pero también pueden convertirse en una mudanza temporal de responsabilidades: otra cocina, otra compra, otras comidas, otras toallas húmedas tiradas en lugares estratégicos y la misma sensación de que todo el mundo descansa un poco más que tú.
Frente a eso, Las reinas de Asia propone una imagen poderosa: cuatro mujeres saliendo juntas al mundo. No como acompañantes de nadie. No como madres de, esposas de, abuelas de o cuidadoras de. Como protagonistas.
Y esa palabra importa.
Porque necesitamos historias en las que las mujeres adultas no aparezcan solo para aconsejar a los jóvenes, preparar croquetas, contar batallitas o morir de forma elegante para que la protagonista aprenda una lección. Necesitamos mujeres mayores que viajen, se rían, se enfaden, descubran, deseen, se equivoquen y tomen decisiones. Necesitamos imaginar futuros en los que cumplir años no signifique ir borrándose poco a poco del mapa.
Las protagonistas de Lola Llatas no son perfectas, ni falta que hace. Lo interesante no es que tengan todo resuelto, sino que se permiten abrir una puerta. Y eso, a cualquier edad, es una revolución bastante seria, aunque venga envuelta en humor, templos, playas, aviones y conversaciones entre amigas.
Este episodio es una invitación a pensar en nuestros propios viajes con amigas, reales o pendientes. En ese plan que lleva años durmiendo en un chat. En esa escapada que siempre se aplaza porque nunca parece buen momento. En ese deseo pequeño, doméstico o enorme que una va dejando para después.
A veces no hace falta cruzar medio mundo para empezar a cambiar. A veces basta con salir un fin de semana, reservar una comida, apagar el móvil durante unas horas o mirar a una amiga y decirle: «Necesito irme un rato. ¿Vienes?».
Pero, claro, si además el viaje es a Asia y con tres mujeres dispuestas a recuperar el trono de su propia vida, mucho mejor.
Y quizá esa sea la gran pregunta que deja la novela: ¿cuánto tiempo más vamos a esperar para ponernos en el centro de nuestra propia historia?


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