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El instalove y la generación Z

No sé si sabes —porque puede que llegues a este blog ahora mismo y no sepas nada de mí y no hayas leído las historias de Susanita y el Terrorista de mi antiguo blog— que tengo dos hijos adolescentes. Dos coca-colos en plena efervescencia hormonal que cuestionan todas las cosas que mi santo y yo intentamos enseñarles, porque en algún momento de nuestras vidas —¡Oh, espantoso momento!— decidimos que de mayores tenían que cuestionarse las cosas y les animamos a hacerlo.

Tampoco sé si sabes —porque no tienes el glorioso placer de vivir con dos miembros de la generación Z— qué es un instalove. Pues bien, un instalove es cuando en una obra de teatro, en una película o en un libro los personajes se enamoran rápidamente sin más que una atracción física, sin conocerse en realidad. Y el instalove es un pecado mortal. Si eres escritora de romántica y lo cometes, te caerán hostias como panes. Que lo sepas.

La semana pasada, en una escapada de tres días a Madrid, mientras mi santo se quedaba con mi suegra para que matara el mono de hijo, mis cocacolos y yo nos fuimos al teatro a ver West Side Story. WEST SIDE STORY. Que yo solo de pensar en que iba a verla me pasé dos horas —para desesperación de los cocacolos— cantando el «Tonight, tonight» y el «I feel pretty». West Side Story, la misma obra de Broadway que ganó 10 Óscars y que está basada en Romeo y Julieta, del grandísimo Shakespeare.

Se levanta el telón, empiezan los silbidos de Jets y Sharks y Tony conoce a María.

—Pero WTF? —dice mi hija.

Sí, cuando eres madre de cocacolos necesitas un diccionario para entenderlos. WTF significa What the Fuck? que es una forma cool de decir el ¿Qué cojones? de toda la vida.

—¿Qué pasa? —chisté yo.

—Que menudo instalove de mierda.

—¿Cómo dices?

—Que se acaban de conocer. No puede estar ya enamorado de ella.

—Bueno, está basado en Romeo y Julieta…

—Es que Romeo y Julieta es otro instalove.

—Sí, pero es Shakespeare.

Me dio la callada por respuesta. Cuando María empieza a cantar «Only you, you’re the only thing I’ll see forever/In my eyes in my words and in everything I do/ Nothing else but you ever», los bufidos de mi hija se escuchan a un kilómetro.

—Pero… ¿qué pasa?

—Que se acaban de conocer, hace menos de 24 horas, mamá, por favor. Esto es un instalove como una casa, no es creíble.

—Bueno, mujer, es una obra de teatro.

—Es que así pasa lo que pasa, que luego la gente se cree que esto es el amor. Y el amor no es así.

—A ver, ¿cómo es el amor? —. Le tiro de la lengua, por si de paso me sirve para enterarme de sus ligoteos.

—Que no, que una no está dispuesta a dejarlo todo por un tío al que conoces la noche anterior.

No sabía si sentirme orgullosa o cabrearme porque me estaba fastidiando la obra. Pero lo cierto es que cosas que mi generación, la del Baby Boom, daba por normales, están siendo —afortunadamente— destronadas por el pensamiento de la Generación Z, que viene pisando fuerte. Estos cocacolos, criados con las canciones de Frozen (Ya avisó Elsa del peligro del instalove a su hermana), descabezan ideas que perpetúan el machismo en el amor.

El instalove puede existir en el mundo real, porque muchas relaciones se inician con esa chispa de atracción —que, ojo, no es amor—, pero es cierto que obras como West Side Story o Romeo y Julieta pueden hacer creer que es más común de lo que realmente es. No hay problema cuando el lector o el espectador se da cuenta —como es el caso de mi hija— de que es algo necesario para la historia e igual de increíble que, por ejemplo, recibir una carta de Hogwarts. Se llama suspensión de la incredulidad y es uno de los pasos del contrato que el lector establece con el escritor al abrir su libro. El problema aparece cuando se lleva a la vida real y, después de esa primera atracción, la relación no funciona y se vive como un fracaso sentimental. O peor, aparece una relación tóxica porque todo tiene que ser perfecto.

—Lo mataron por idiota —sentencia ella, cuando cae el telón.

Cómo te destroza la generación Z la diversión, leches.

 

 

 

 

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