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Hace un par de semanas, fui a la SummerCon a firmar ejemplares de mi novela. Y me pasó una cosa que no me había pasado en la vida. Un chico me pidió que le firmara un ejemplar porque quería hacerle un regalo a su novia. 
–¿Cómo se llama tu novia?
–Virginia.
Yo le dediqué el libro a Virginia y le dije dónde tenía que abonarlo. Ante mi sorpresa, me doy cuenta de que, mientras yo firmaba el siguiente ejemplar del libro a la persona que le seguía en la cola, el chico –ni corto ni perezoso– tomaba el camino contrario a la caja y se iba sin pagar el libro. 

–Oye, oye –le llamé, pero aceleró el paso y se perdió en el mogollón de gente sin que al librero ni a mí nos diera tiempo de detenerle. 

Por un momento, se me puso una cara de imbécil que no te cuento. Nunca me habían robado de manera tan descarada. Con nombre y apellidos. Porque no roban a ningún ente con millones de euros en el bolsillo. Ni siquiera a la librería, que lucha por sobrevivir en un mundo en que lo digital es el amo. No. Ese libro se lo he regalado yo a Virginia. Yo, una currante que saca horas de donde no tiene para sacar un libro al año.
Atónita por lo que me había sucedido, cuando llegué a casa, se lo conté a mi santo. 
–¿Tú has visto la cara tan dura que se gasta la gente? –decía, cuando me di cuenta de que me miraba algo incómodo– ¿Qué pasa?
–Es que ahora no sé si contarte lo que me ha pasado a mí hoy. 
–¿Qué te ha pasado?
–El otro día hablaba con un paciente sobre escritores de Tenerife y salió tu nombre a colación. Él no había leído nada tuyo y yo le dije que eran muy buenos, que se los leyera. 
–Gracias –digo, con una sonrisa. 
–Hoy he vuelto a verlo y me ha dicho que ya tenía tus libros. Todos. 
–¡Qué bien!, ¿no?
Mi santo pone una cara rara y contesta: 
–Le pregunté: ¿cómo se los compró? ¿En papel o en ebook? ¿Sabes lo que me contestó?
Niego con la cabeza. 
–Que no se los había comprado. Que se los había descargado piratas, que tenía un amigo que en eso era un crack. 
Luego, sonríe al añadir: 
–Me hubiera gustado que vieras la cara que puso cuando le dije que eras mi mujer. 
–¿Qué dijo entonces?
–Que a ver si se compraba alguno para que se lo dedicaras. 
Tanto uno como otro son ejemplos reales. Tanto uno como otro son ladrones, son piratas. Aunque la cantidad que roben sea pequeña, muchas cantidades pequeñas hacen un sueldo. Hace poco encontré un enlace que nombraba “Leyendas de la Tierra Límite”. Cuando pinché en él, era una página pirata. Llevaba 2965 descargas (la mitad de los ejemplares que he vendido del libro). Pongamos que yo recibo 50 céntimos por ebook. Ese dinero me permitiría escribir sin preocuparme de pagar la hipoteca. Y a cada uno de los que se lo descargan le costaría menos de un euro. No es justo, nada justo, para mí que pasé un año de mi vida escribiéndola y además pagué de mi bolsillo a corrector, maquetador e ilustrador para ofrecer un producto de la máxima calidad a los lectores.

También sé que es difícil no caer en la tentación. Hay que buscar un modelo nuevo, señores. Un modelo tipo Spotify, pero para los libros, que permita beneficios por ambas partes. Porque está claro que esto ya no tiene freno. 

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