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Veo que me mira desde lejos, como el que descubre un platillo volante en medio de la plaza del pueblo. Atónito por encontrar a alguien firmando libros en la primera caseta de la Feria. Se acerca, receloso y pasea la mirada por los ejemplares dispuestos sobre la mesa. Yo hago, entonces, lo que hago siempre. Le tiendo el libro por la parte de la sinopsis para que vea si le interesa. Y me aparto un poco. Le dejo espacio. Me mira con miles de interrogantes colgándole de las pestañas, pero obedientemente lee la contraportada. 
–¿Qué es un Aura? –pregunta, sin levantar la cabeza. 
–En este caso, –contesto– el Aura es un escudo de poder que separa las Tierras Blancas de las Tierras Oscuras. 
–Ah –asiente con la cabeza y abre con sus manos toscas el libro por una de las páginas. Al azar. Lee moviendo los labios con dificultad mientras repasa la línea con una uña negra.–¡Qué palabras más raras usas! Esto del principio de los capítulos…
Trago saliva. 
–Son los nombres de los personajes. Solo que hay que empezar a leer el libro por el principio para saber quiénes son. 
Se rasca la calva mientras me mira con la boca abierta, sopesando lo que he dicho. Casi, casi puedo oír los engranajes de su cerebro intentado procesar la información. 
–Ah –vuelve a decir y, ante mi desespero y el de la cola que se le va formando detrás, abre el libro por la primera página y comienza de nuevo a leer– Tampoco entiendo esto del principio. Es que no soy muy lector. 
–No me diga –él sonríe y, al hacerlo, enseña una dentadura descuidada. No ha captado la ironía. 
–Leo sobre todo manuales de primeros auxilios. Eso sí me gusta. 
Miro los ejemplares de “Leyendas de la Tierra Límite” con la preciosa portada que diseñó Alicia y me pregunto en qué momento se le pudieron parecer a este hombre manuales de primeros auxilios. 
–Pues ya ve, esto son novelas de Fantasía. 
–Ya, ya veo.
–Pero seguro que si le pregunta al librero,–pobres libreros, siempre tan sufridos– a lo mejor le puede recomendar algo. 
La sonrisa vuelve a iluminarle la cara feota. Deja el libro sobre la mesa y se va al otro extremo de la carpa a hablar con el librero. Yo lo observo un segundo antes de sonreír a la siguiente persona que espera en la cola, preguntándome por un momento por qué cuernos se ha acercado a mí. Y luego lo olvido. Como supongo que le pasa con todos. 

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