Firmas de libros: expectativa versus realidad

Para cualquier escritor que empiece, las firmas de libros son una experiencia de las que te ponen los pies en la tierra. Al principio, una sueña con largas colas de lectores sedientos de tus palabras (y de otras cosas porque aguardan bajo el sol pacientemente a que tú les firmes tu libro).

Vas emocionada como un pavo porque tu nombre sale en el mismo programa que pesos pesados de la literatura. Y porque tu libro —¡tu libro!— está ahí en una mesa, al lado de un cartel con tu foto. Te sientas, con una sonrisa de oreja a oreja, y no pasan dos minutos cuando se acerca una señora. Tiemblas. ¡Una lectora! Y entonces ella te dice: 

—Oye, niña, ¿el libro de Belén Esteban lo tienes? 
—No…ejem…—señalas la foto y tu libro— es que, mire, yo soy la autora de este otro libro, que he venido a firmarlo. 

Ella te mira. Mira la foto. Ve que no sales en la tele y pasa de ti para irse a preguntar a otra persona. 

Ves acercarse entonces a una chica con gafas. Lleva una sonrisa que parece presagiar que sabe quién eres y por qué estás allí. 

—Perdona, ¿tienes un diccionario de hebreo?

¿Ein? ¿Un diccionario de hebreo? Sí, señores, hay quien busca diccionarios de hebreo en las Ferias del Libro. Y luego soy yo la rara por haber dejado la Medicina.

—No…perdona…es que yo soy la autora…

Ella parece darse cuenta de que ha preguntado a la persona equivocada, mira tu libro con un poco de asco y se va.

Se acerca a la mesa una pareja, con un cochecito de niño. 

—¿Eres Ana González Duque?
—Sí —reconoces con reticencia. A ver si estos también te van a pedir el diccionario de hebreo…
—Te vemos en tu canal de Youtube —dice el chico con una sonrisa.
—¡Ah, gracias! —respondo, sin saber qué más decir. 
—Nos encanta.
—Muchas gracias.
—Bueno, pues adiós, un placer saludarte. 
—Adiós. Igualmente —contesto, con la sensación de que algo no va bien. 

Tres personas. Cero libros. 

Odio las firmas. Ya está. Ya lo he dicho (aunque no es novedad que te lo diga porque ya te lo había contado aquí). Para un escritor introvertido es una de las peores cosas a las este trabajo te somete. Más aún en la Feria del Libro de Madrid con otros seiscientos escritores. En mi última Feria de Madrid me pusieron al lado de Francisco de Paula. Fue una crueldad innecesaria. Yo parecía la ventanilla del Business de Air Europa y él, la de la turista de Ryan Air.

Pero con el tema de odiar las firmas no me refiero a esas firmas después de la presentación de tu libro, en las que van tus lectores y en las que puedes hablar con ellos de libros y pasarlo bien. No, esas no las odia ningún escritor (o casi ninguno).

No me refiero a esas firmas de libros, no.

Me refiero a las firmas de libros que se organizan en navidad en las librerías.

¿Por qué?

Porque esas firmas son lo que en marketing se llama «venta fría». No son tus lectores, aunque alguno vaya a recomprar el libro para regalar. Tus lectores ya se han hecho con La Sociedad de la Libélula cuando salió. Algunos incluso te la han comprado dedicada y con el marcador de la libélula por tu tienda online. Y te ha hecho reseñas maravillosas como esta.

Reseña «La Sociedad de la Libélula»

Pero cuando ha pasado un año desde que la novela se publicó, en las firmas de las librerías lo que intentas es llegar a nuevos lectores. Gente que no te conoce de nada y que pueda sentirse atraído por la historia que cuentas. Y con un poco de suerte, le guste y se convierta en lector de los que van a las primeras firmas.

Y tengo la sensación de ser la chica de la degustación de quesos del súper. Sin quesos.

Sé que tengo que vender. Que tengo que asaltar a la gente que entra para preguntarles si les gusta leer fantasía juvenil y si se detienen —porque los hay que te miran como si fueras un piojo y niegan con la cabeza—, contarles mi argumento en dos frases (un elevator pitch en toda regla) e intentar que sea tan atrayente como la portada que dibujó Libertad. Fijarme en qué libros miran para ver si son mi público objetivo. Convencerles de que tu libro puede llenar el hueco que están buscando.

Y yo, que soy de marketing online, de vender sin vender, de no imponer nada y de no hacer spam, siento como el síndrome del impostor me agarra del cogote mucho y muy fuerte y me convierte en el padre de Matilda.

Me reconcilian con las firmas de navidad la liquidación que me llega de las librerías en enero. Sobre todo porque enero es un mes en el que se venden pocos libros y alivia mucho mi cuenta corriente (Las librerías no suelen tener rebajas y casi nadie compra libros para regalar en enero, así que si quieres regalar a alguien mis libros ya sabes, llévatelos firmados sin obligarme a ir a firmas. Guiño. Guiño).

Y el hecho de que creo firmemente que, sin librerías, el mundo sería peor y mi mal trago de convertirme en la chica de los quesos por unos días ayuda a que las librerías sigan existiendo.

Decía Álvaro Pombo que cada vez que alguien tocaba uno de sus libros, sentía que le había tocado el alma. Si ese alguien lo despreciaba, Pombo se ponía como una fiera. Las firmas son eso. El contacto con tus lectores es directo y te das cuenta de que hay mucha gente en el mundo que no quiere leer tus libros y no los leerá nunca por mucho queso que le des a probar.

Y no hay mayor cura de humildad, os lo aseguro.

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