Portada de «El Valle del Dragón», de Scarlett Thomas.

Salamandra es una editorial que sorprende. De vez en cuando saca una historia de fantasía juvenil que bebe de las fuentes clásicas y que enamora. Ya lo hizo en su momento con Harry Potter o con la maravillosa (e incomprensiblemente poco famosa) saga de «Los guardianes del tiempo», de Marianne Curley. Así que suelo echar un vistazo siempre a sus novedades. «El valle del dragón» (saga «El Gran Temblor») me llamó la atención desde el principio. Primero por su portada, que recuerda mucho a la que Libertad Delgado le hizo a «Lumen», la novela de Celia Arias (que todo sea dicho es anterior a esta). Y luego, por su sinopsis. No puedes nombrarme a J.K. Rowling y a Roald Dahl juntos y esperar que no me llame la atención. El que esta novela fuera nominada a los Templis fue lo que me decidió a leerla y no sé si ha sido tal vez que el momento no era el adecuado, pero aunque la he disfrutado no ha terminado de llenarme.

¿De qué trata «El Valle del Dragón»?

Effie TrueLove tiene once años y vive con su padre y su madrastra. Su madre murió en el Gran Temblor, una hecatombe que acabó con la tecnología. Por las tardes, es su abuelo Griffin quien se ocupa de ella, con alguna reticencia por parte de su padre que cree que «quiere enseñarle magia» a la niña. Cuando su abuelo termina en el hospital y le pide que cuide de su biblioteca y que busque «El Valle del Dragón» Effie tendrá que enfrentarse al malvado Leonard Levar y a los diberi, que viajan entre el mundo no mágico y el Altermundo.

Worldbuilding

Con claras reminiscencias a los juegos de rol, en los que cada personaje tiene una serie de poderes (me recordó mucho a Dungeons & Dragons), el worldbuilding de esta novela ha sido una de las cosas que menos me ha convencido. Tal vez porque el sistema de magia me parece confuso y quedan muchas cosas en el aire sin explicar. Según la autora, el cataclismo termina con internet (no sabemos cómo porque nadie del mundo murió y solo desapareció una persona: la madre de Effie) y nadie sabe el significado de las palabras «wifi» o «blog», pero no termina con el saber humano, ni con los libros, con lo cual todo eso podría restaurarse. ¿Por qué no se hace? No lo sabemos. Puede que en los siguientes tomos de la saga esto se aclare, pero por ahora queda completamente en el aire. Y además, ninguno de los personajes se plantea nada al respecto.

También hay varios deus ex machina a lo largo de la trama, que son como notas falsas en una novela por otro lado muy bien escrita (y muy bien traducida). 

El Altermundo bebe de los clásicos de la fantasía. De «La historia interminable», por ejemplo, por la forma de acceder al mundo fantástico. De Harry Potter en muchos aspectos. De «Corazón de tinta», de Cornelia Funke. Y por ello es agradable de pasear como lector de fantasía. Pero aparte de un aire de «esto ya lo he leído antes», tiene también conceptos originales como son los del capital M, que es una especie de «moneda» mágica, o los malvados «devoradores de libros». Punto para Scarlett Thomas en esto.

Los personajes

Effie es una niña de once años bastante precoz para su edad. Pero sus amigos —Wolff y Maximiliam— no se quedan atrás. Un trío que recuerda a Harry, Ron y Hermione, incluso en sus características físicas (Maximiliam y sus gafas, Effie y sus libros, la fuerza de Wolff). Personajes más oscuros como el gélido padre de Effie o el hermano de Wolff dan un poco de color al elenco.

¿La recomiendo?

Creo que si no eres un lector habitual de fantasía, esta novela te va a gustar porque no le vas a buscar tres pies al gato como he hecho yo. Está bien escrita y las referencias a libros clásicos son agradables. Si lees habitualmente fantasía, no te la recomiendo porque las reglas de la magia hacen agua y estás todo el rato pensando: «esto es de tal libro y esto de tal otro». Y en ocasiones, el segundo acto sobre todo, esto se te hace pesado.

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