Deseo de chocolate de Care Santos no es una novela juvenil, tampoco es una comedia romántica. ¿Por qué está entonces en El Fogón? Digo muchas veces a mis alumnos de marketing para escritores que no se vayan por las ramas, que no salgan de sus géneros a la hora de escribir sus contenidos en el blog, que se especialicen para que el blog funcione. Y aquí estoy saltándome mi propia norma a la torera. Porque, aunque conocí a Care Santos por sus libros de literatura juvenil —os recomiendo encarecidamente la Trilogía de Eblus—, Deseo de chocolate es una novela contemporánea. 

Tampoco está en el Fogón porque sea una novela que te despierte el apetito. Care logra con sus descripciones que te apetezca mucho, mucho comer chocolate. O beberlo. Te parece que incluso las páginas del libro huelen a chocolate. Como cuando lees el maravilloso libro de Roald Dahl de Charlie y la fábrica de chocolate. Ya sabes que pienso que el chocolate es un alimento básico. 

Pero no. Deseo de chocolate está aquí porque es una novela que tienes que leer.

Una novela para destripar con ojos de escritor y aprender. Y disfrutar con ojos de lector. 

¿Por qué?

Partimos de la base de que la novela no es una sino tres historias unidas entre sí por una chocolatera. Una pieza de exquisita porcelana con capacidad para tres jícaras. Empezamos por el momento en el que la chocolatera se rompe —y Max, el marido de nuestra primera protagonista, la resucita, en un complejo kintsugi— y vamos retrocediendo en la historia hasta el instante de su elaboración en la antigua fábrica de porcelana de Sevres. 

Como pone la cita de Murakami del inicio al primer acto: 

«Las heridas incurables del corazón son el precio que pagamos por nuestra independencia».

Como si cada una de las historias de estas tres (tal vez cuatro, porque también está Madame Adélaïde, hija de Luis XV, la mujer que la hizo fabricar) mujeres marcaran de alguna manera a la chocolatera. 

Hacer eso, y que todo tenga coherencia y mantenga el interés del lector, sin que las tres historias tengan entre sí mucho más que la chocolatera, es magistral. Más aún cuando los pedacitos que componen el rompecabezas en torno a la chocolatera se ordenan como preludio, tres actos, dos interludios y un final, como si fueran una representación musical. 

Pero además hay un punto de complicación mayor: 

Los tipos de narrador en Deseo de chocolate

Cada una de las tres historias tiene un tipo de narrador distinto. Incluso la tercera, tiene dos. Lo que hace que cada una de ellas funcione, como si fueran la pieza de un puzle muy complejo que, aún así, encaja en su lugar. 

La primera es un narrador ominisciente, en tercera persona.

Estamos sobre todo viendo la historia desde el punto de vista de Sara, la propietaria de una de las chocolaterías más emblemáticas de Barcelona, que está orgullosa de la tradición chocolatera de su familia y que forma parte de un triángulo amoroso, perpetuado en una caja de bombones por Oriol, un chocolatero transgresor al que nunca ha podido resistirse, pero que no es la persona con la que ha decidido compartir su vida. 

El triángulo empieza la noche en la que Sara encuentra la chocolatera en una tienda de antigüedades que me recordó a la librería del señor Koreander. 

La segunda historia tiene un narrador difícil: una segunda persona. 

Aurora, una niña que queda huérfana de madre en el parto y cuyo padre no se conoce, es una criada en la casa de los Turull, en el siglo XIX, para la que el chocolate es un placer de señores. 

Este segundo acto es un homenaje a la ópera, al Teatro del Liceo de Barcelona y a su historia, además de un paseo por la industrialización de Cataluña. Dos familias —los Sampons, chocolateros, y los Turull, inventores de máquinas— se unen en matrimonio y en negocios (y en amor por la ópera) para montar un imperio chocolatero.

De la mano de Aurora, vemos cómo la manipulación del cacao pasó a ser industrial, cómo las clases sociales estaban también marcadas por el deseo de chocolate. 

La tercera historia tiene un narrador epistolar.

Victor Philibert Guillot, ayudante del secretario del rey de Francia y que vuelve a salir en la novela de la autora El aire que respiras, narra a Madame Adélaïde de Francia sus vicisitudes en la Barcelona del siglo XVIII, en la que conoce a Mariana, la esposa de un chocolatero que ha inventado una máquina para construir tabletas de chocolate, máquina que codician los chocolateros de varios países. 

Conocemos así cómo funcionaba el gremio de chocolateros, las condiciones de la mujer en la época (malas, como puedes adivinar) y paseamos por una Barcelona que tiene poco que ver con la actual. 

Dentro de esta historia hay incluso un cuarto tipo de narrador: un texto en diálogo escrito como si fuera una obra de teatro. El narrador de un texto teatral está escondido detrás de las acotaciones escénicas. 

La documentación es una maravilla

Cuando veo en Amazon o en Goodreads, críticas de este libro, críticas negativas a un trabajo tan minucioso como un encaje de bolillos, me tranquiliza mucho. Es evidente que no se pueden echar margaritas a los cerdos (con todas mis disculpas por la expresión), que para apreciar la documentación, la dificultad del narrador, la inmensa complejidad de que las tres tramas cuadren en torno a un objeto, hay que tener un bagaje lector. 

Por eso te la recomiendo, mi querido literaturadicto. Porque sé que aprecias el chocolate, aunque no tenga azúcar. 

Puedes escuchar la novela en audiolibro en Nextory (tienes aquí una oferta de 45 días gratis si te apetece probar la aplicación), merece la pena. Yo, como me gustó tanto, me la compré también en papel, pero la tienes en digital aquí.

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