Toda la verdad sobre las mentiras, José Antonio Palomares
Seguro que habéis oído el primer verso de un soneto de Quevedo titulado “A una nariz”. Dice: “Érase un hombre a una nariz pegado”. José Antonio Palomares (que es lo que dice su DNI, pero para todos es Chiqui) es el hombre a un libro pegado. Se llevaba un libro incluso a sus citas con Rebeca Rus, lo que nos lleva a preguntarnos si realmente su mujer es tan graciosa como parece. Chiqui ha leído y mucho. Y eso se nota cuando lees su novela. “En el vaso, los últimos grumos del Cola Cao giraban en un remolino de leche, como si fueran el Nautilus atrapado en un torbellino mortal”.


También se le ve el rejo de creativo publicitario. De los buenos. Porque, aparte de lector, Chiqui tiene, como creativo que es, un humor negro retinto que me encanta, un humor original e imaginativo, que se derrama por las páginas de la novela en forma de geniales destellos. 
Una novela que cuenta la historia de un niño de mediados de los ochenta en el Madrid de entonces. Una época en la que “el dónut de los recreos era sagrado” y se podía comer macarrones con tomate frito y trozos de panceta y chorizo sin temor a la obesidad infantil porque los niños jugaban en la calle. Al fútbol, a las canicas, a las chapas, a los cromos…la vida estaba fuera de las pantallas. Y cuando estaba dentro era para ver en familia a Mayra Gómez Kemp diciendo “hasta aquí puedo leer”. 
La mirada de este niño –del que no sabemos el nombre hasta el final (como si fuera la protagonista de Rebeca)– tiene mucho de la mirada de Palomares. Un humor suave, sutil como el humor inglés, y, al mismo tiempo, inocente.
–¿Qué tal el trabajo, papá?
–Pues muy bien. Hoy he hecho veintidós servicios. Se ha montado un señor que llevaba una cacatúa en una jaula. Se ha pasado el viaje contándome chistes de vascos. ¡La cacatúa, no el señor! ¿Qué os parece? Qué animal más espabilado. Y luego se ha montado una señora que se iba a urgencias porque decía que de pronto tenía las uñas de los pies muy frágiles. Me ha dado una buena propina”.
Es evidente que, por lo menos, los motivos de acudir a Urgencias no han cambiado con los años.  

De la mano de ese niño recorremos los problemas de fondo de una familia en los inicios de la democracia, cuando las monedas de Franco y del Rey se entremezclaban en los monederos, la vida sabía a chupachús de Kojak y a Cheiw de fresa ácida y el jabón se hacía en un barreño porque había que ahorrar. Los niños de aquel entonces aprendíamos lo de “Esto es arriba y esto es abajo” de la mano de Barrio Sésamo y nos perdíamos en las páginas de Los tres investigadores y de Elige tu propia aventura. Ajenos por completo a las carambolas económicas de nuestros padres y a una sociedad que cambiaba como telón de fondo. 
Cuando leí la última página de este libro, tuve dos sensaciones inmediatas. Una pena enorme de que se hubiera acabado. Y un irrefrenable deseo de comer empanadillas. 
“Cuando era más pequeño pensaba que el dibujo de La cocinera era un dibujo de mamá. Mamá también salía en el logotipo del Scotch-Brite y en las latas antiguas de Cola Cao; en ambos la madre dibujada llevaba delantal, como mamá, y la misma melena negrísima; la única diferencia era que en estos dibujos las madres sonreían todo el tiempo. En cambio mamá no tenía nada que ver con la mujer que salía en el logo de Nanas (que en realidad parecía una niña) o de La Lechera (que llevaba un delantal pero parecía de pueblo, y era rubia).
Mamá ponía en en centro de cada oblea un poco de la mezcla de atún y tomate frito. Si nos dejaba hacerlo a nosotros siempre echábamos de más y al doblar la oblea para prensarla el atún se salía por los extremos, así que los repasábamos con el dedo y nos lo comíamos, aunque estuviera frío. Cuando la pasta estaba doblada, formando una media luna, cogíamos el tenedor y apretábamos el borde, siguiendo la línea de la oblea, A ella le quedaban unos dientes perfectos, como si le hubiera puesto una cremallera a la empanadilla. Nosotros presionábamos demasiado y estábamos a punto de romper la pasta, o no apretábamos lo suficiente y quedaba medio suelta”


“Toda la verdad sobre las mentiras” es un libro de cinco tenedores
Podéis conseguirlo aquí
Cinco tenedores

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