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Una poción es un líquido que puede servir para tres cometidos: curar, hechizar y envenenar. Los magos, los hechiceros y las brujas han sido los encargados de elaborarlas a lo largo de los siglos. Hasta que la ciencia decidió tomar las riendas de este curioso arte y apareció la alquimia. Los alquimistas fueron entonces los encargados.


Las pociones tienen algo que me llama como la miel a una mosca. Uno de mis pasajes favoritos de Harry Potter es indudablemente el que narra como era la clase de pociones de Hogwarts en la que Snape reinaba a su pesar. Y el verla en directo (como puedes verla tú en la visita a Hogwarts del canal ) es algo que supera toda expectativa.

No en vano, Baeshaa —la sairgon de Leyendas de la Tierra Límite— maneja varias pociones, entre ellas, la peligrosa carulopsia, que tiene consecuencias incontrolables.
Por eso, se me ha ocurrido buscar tres libros en los que las pociones tengan un papel predominante en la trama.

Fantasía middle-grade del genial Michael Ende. Belcebú Sarcasmo es un mago con inmensos poderes. Su tía, Tirania Vampir es una bruja igualmente importante. Pero esos poderes —que les vienen del mismísimo Lucifer— tienen un precio. Son a cambio de una cuota de maldades, que, casi llegado el final del año, no han cubierto. Así que deciden elaborar una genial poción de los deseos con la que cumplir con ese cupo.
Divertido y tierno, con el humor dulce de Michael Ende, “El ponche de los deseos” es un libro orientado a niños entre 8 a 11 años.
Fantasía oscura de Robert Louis Stevenson. Por un precio ridículo, tanto en ebook como en papel. 
Es uno de los clásicos de la literatura fantástica, en el que curiosamente el protagonista no es —como pudiera parecer— el Dr Jekyll, sino un abogado (Mr. Utterson) que comienza a investigar al polémico científico. 
Stevenson estaba obsesionado por el trastorno de la personalidad múltiple y, fruto de esa obsesión, es esta novela corta en la que una poción tiene la cualidad de separar el lado más perverso de la persona del resto de su personalidad. Fue premio Nébula de relato largo en 1976 y Premio Hugo de relato en 1977.
Y, por último, una novela de fantasía juvenil romántica, editada hace muy poco por la editorial Nocturna y que, a pesar de ser la primera parte de una trilogía, puede leerse sin seguirla, porque el final es bastante cerrado. Si quieres saber qué me ha parecido, no te pierdas el vídeo de hoy. 

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