Libros para recordar y por qué se nos olvidan los libros

Eduardo Galeano, al inicio de El libro de los abrazos dice una cosa que me encanta y que viene hoy muy al caso: «RECORDAR: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón». Esta semana he ido a un instituto a hablar de Proyecto Bruno y me han sometido a un «rosco» tipo Pasapalabra de mi propio libro. Siento decir que no me he llevado el premio. 

Soy la típica que se ha leído dos veces cada novela de Agatha Christie porque era incapaz de recordar el asesino y, sin embargo, recuerda que la portada era roja y tenía una pluma y una calavera. Termino olvidando muchas de las cosas que leo, y desgraciadamente, olvido también muchas de las que escribo. 

Incluso me ha pasado ver una cita compartida de mis libros y no recordar, no solo de qué libro era, sino incluso haberla escrito. 

Imagina entonces lo que puedo recordar de libros que han escrito otros. 

Me queda la sensación que me dejó el libro (eso siempre que me acuerde de haberlo leído, que no es la primera vez que empiezo uno y de repente a la mitad, pienso: «pero si esto ya lo he leído yo…»), esa mezcla indescriptible de emociones al cerrar la última página. Me acuerdo de que me gustó o de que no me gustó nada, pero muchas veces soy incapaz de recordar el argumento. 

Por ejemplo: El nombre del viento, de Patrick Rothfuss. Recuerdo que me flipó. Recuerdo la escena inicial y una escena en una escuela de magia. Y que el prota se llamaba Kvothe. Y ya. Por eso, no me he leído la segunda parte, porque sé que la voy a olvidar. Cuando saque el tercer libro de la saga (si es que lo saca), seguiré los consejos de Galeano y los recordaré —los volveré a pasar por el corazón— con una relectura y me leeré los tres de golpe. 

También por eso evito leer sagas (aunque ya sabes que la fantasía juvenil está llena de ellas, pero también hay mucho libro autoconclusivo)

Hay una razón científica que explica esto tan frustrante. La velocidad con la que olvidamos algo es mucho más intensa en las primeras 24 horas, porque no estamos haciendo trabajar a la memoria de recuperación. Y a mí, los libros raramente me duran más. Y si lo hacen es porque no me engancharon demasiado. 

¿Por qué olvido los libros que escribo entonces?

Porque es evidente que no me llevaron 24 horas y que, además, los repasé en su momento una  y mil veces y deberían quedar en la memoria de recuperación. Es verdad que en ese caso, no se me olvida el argumento, sino detalles pequeños: cómo se llamaba un personaje secundario que solo sale en una escena, qué llevaba puesto tal personaje en tal otra…

También es cierto que recuerdo mejor las cosas que tengo sin terminar. Eso (que se llama efecto Zeigarkin en psicología) es lógico: el cerebro aborrece que lo dejen a medias, pero cuando se trata de algo finalizado, algo que ya damos por concluido (como ocurre con una novela), parece que deja su espacio a algo nuevo. 

Tengo la teoría de que nuestra cabeza es como la memoria RAM de un ordenador. Y llega un momento que peta; de forma que, cada vez que le entran datos nuevos, algo tiene que ser borrado para que pueda entrar. Olvidas caras y nombres (y por eso lo paso fatal en las firmas), olvidas quién era el asesino de la novela y, por último, te olvidas de detalles de tus propias novelas. 

En resumen, que no tengo cabeza, sino un coladero inmenso. Qué le vamos a hacer.

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