¿Qué entendemos por literatura juvenil?

Formar parte del comité seleccionador de un premio de literatura juvenil es un privilegio. Pero también, a veces, un quebradero de cabeza. Una pensaría que lo difícil viene al leer, valorar y debatir sobre los libros candidatos. Y sí, eso tiene su miga. Pero hay algo aún más complejo que surge mucho antes:

decidir si un libro es, de hecho, literatura juvenil.

Parece una pregunta sencilla. Y sin embargo, cada año nos topamos con el mismo dilema. Porque bajo la etiqueta de «juvenil» llegan a las librerías títulos con escenas de sexo más que explícitas, violencia sin filtros y tramas que, por más adolescentes que sean sus protagonistas, no están dirigidas a un lector adolescente.

Entonces, ¿qué es literatura juvenil, realmente?

Hoy, la expresión literatura juvenil se usa como un cajón de sastre en el que cabe todo lo que no es infantil ni del todo adulto. El problema es que esa indefinición desdibuja tanto los límites como la función de un tipo de literatura que nació con vocación acompañante, casi pedagógica, aunque no por ello menos artística.

Lo explicaba, ya allá por el 98, Jaime García Padrino en un artículo llamado «Vuelve la polémica: ¿existe la literatura… juvenil?»: «quien se proponga escribir o hablar sobre la literatura juvenil se verá abocado a la curiosa situación de tener que explicar previamente cuál es en realidad el objeto que va a abordar». Y la situación desde el 98 se ha vuelto mucho más compleja. Y es que esa literatura para jóvenes, antes incluso de ser literatura, es un lugar de conflicto entre lo que el mercado quiere vender y lo que los lectores necesitan.

Chiki Fabregat, escritora de literatura infantil y juvenil y profesora en La Escuela de escritores de Madrid, define la LIJ en su Manual de escritura: Escribir infantil y juvenil así:

Tradicionalmente se ha definido la LIJ como el conjunto de textos escritos para niños y adolescentes o aquellos que, no habiendo sido escritos para ellos, han recibido buena acogida por parte de los lectores más jóvenes. Esta definición tiene en cuenta, por tanto, dos elementos: el emisor y el receptor del mensaje literario. Por un lado, pesa la intención del emisor, del autor. Un texto, a priori, puede definirse como Literatura Infantil y Juvenil si el autor buscaba llegar a destinatarios de menos de dieciséis o diecisiete años. Pero a veces los autores ponen más intención que maneras
y se escriben y hasta se publican textos catalogados como LIJ que no son adecuados ni interesantes para esos lectores. No son pocos los autores que se acercan a esta literatura porque quieren contar las experiencias de su infancia y, al tener un protagonista infantil, consideran que el lector también debe serlo. Lolita, de Nabokov, tiene una protagonista muy joven y eso no convierte la novela en infantil ni en juvenil, aunque no está tan claro en casos como El Principito, El niño del pijama a rayas, Mi planta de naranja lima y tantos otros títulos etiquetados como literatura infantil. En estos libros suele haber dos niveles de lectura, la que disfruta el lector más joven y la destinada al lector adulto. Y si ambas coexisten sin molestarse, si el lector infantil no siente que se está perdiendo parte de la historia ni el lector adulto considera que lo que está leyendo es demasiado simple para su madurez, el objetivo se habrá cumplido.
El segundo elemento que forma parte del hecho comunicativo que supone la literatura es el receptor del mensaje: el lector. Un texto se considera LIJ si, al margen de las intenciones del autor, el colectivo de lectores que forman niños y adolescentes lo toman como suyo. La historia de la literatura está plagada de novelas que no se escribieron pensando en esos lectores, Julio Verne o Tolkien son ejemplos de ello, pero que recibieron muy buena acogida por parte de los más pequeños.

Literatura juvenil: definición con sentido

Si nos apoyamos en la tradición pedagógica y literaria, podemos trazar una definición que sirva como brújula:

La literatura juvenil es aquella destinada a un lector preadolescente o adolescente, normalmente entre los 12 y los 17 años. Sus protagonistas suelen tener edades similares, los temas abordan cuestiones propias de esa etapa vital (identidad, relaciones familiares, amistad, descubrimiento del mundo) y el tratamiento de contenidos sensibles, como el sexo o la violencia, se presenta con mesura, sin crudeza ni gratuidad.

No se trata de censurar ni de infantilizar. Se trata de respetar el proceso madurativo de quien está leyendo. De ofrecer historias que les hablen de lo que les preocupa sin abrumarlos ni empujarlos a lugares para los que aún no están preparados.

Pero cuando el marketing manda…

Uno de los mayores riesgos a los que se enfrenta hoy la literatura juvenil es la colonización por parte de la llamada new adult, un fenómeno editorial con enorme éxito en ventas. La new adult, en teoría, está dirigida a jóvenes adultos (18-25 años), pero en la práctica muchos de estos libros terminan en las estanterías juveniles de bibliotecas y librerías.

El problema no es la new adult en sí, sino la confusión de destinatarios. Libros con escenas de sexo gráfico, relaciones tóxicas romantizadas o tramas oscuras —After, Alas de sangre, la saga ACOTAR—están al alcance de lectores de 13 o 14 años. Y aunque cada lector es un mundo, conviene recordar —como señala García Padrino— que la literatura juvenil debería definirse por su destinatario, no solo por su protagonista.

¿Qué sí es literatura juvenil?

La buena literatura juvenil no rehúye los grandes temas: habla de la muerte, del amor, de la amistad traicionada, del acoso escolar, del duelo, del miedo. Pero lo hace desde una perspectiva cuidadosa, que acompaña sin empujar.

Ahí están La historia interminable, Coraline, o incluso Los juegos del hambre, que camina por la delgada línea entre lo juvenil y lo adulto.

En castellano, tenemos una cantera maravillosa de autores de juvenil: La rama seca del cerezo, Noviembre, El cofre de Nadie, Corazón de rayo, Terradraga, El efecto Frankenstein…Son libros que interpelan al lector joven sin convertirlo en consumidor prematuro de dramas adultos. Que le dejan pensar, imaginar, crecer.

Educar el gusto lector… sin perder el norte

El auge de la literatura juvenil ha venido acompañado de una oferta cada vez más amplia, pero no siempre más exigente. El riesgo está en que, en el intento de atraer lectores jóvenes, terminemos tratándolos como clientes a los que hay que dar siempre lo que «les gusta», en lugar de como personas en construcción.

Leer, al fin y al cabo, es una forma de crecer.

Y si algo debe ofrecer la literatura juvenil es esa posibilidad: acompañar en el tránsito entre la infancia y la vida adulta, ayudando a construir una mirada crítica y sensible.

Volver a la pregunta de cuál es la definición de literatura juvenil no es solo un gesto académico o teórico. Es una necesidad para familias, docentes, bibliotecarios y, sobre todo, para quienes escriben, editan y seleccionan libros con y para jóvenes.

Porque los adolescentes merecen una literatura hecha a su medida, no por lo que les falta, sino por todo lo que están a punto de ser. Y eso, lejos de restarles, les dignifica.